Este camino subsiste apenas entre el desuso y el olvido, entre árboles agonizando aferrados al aire, con ramas lastimeras sacudidas a merced del viento que arrastra el polvo como si éste fuera llamado por la sed del paisaje; un sol gris, ocioso, mira con desgana la triste escena y yo voy con los labios secos, los sueños derrotados y el pecho acongojado, a cada paso, siendo más parte del entorno ¿Hacia dónde? Soy solamente pasajero del sendero, uno más del tiempo sin origen ni destino y tan ajeno a mi cuerpo como una estrella en pleno día.
El día madura y me echa costales de luz sobre la espalda con cada paso que levanta un tamo amargo, como si mis plantas hirvieran la tierra. Un hervor tras otro y yo tan frío, tan simple cual humo y notando la soledad de mis adentros suspendidos en voces que no distingo; en bocas que se pierden atrás del aire.
A pesar del mal humor en los árboles, ancianos severos y silentes, juntan sus troncos para protegerse del soplo helado que de repente llega de abajo, y a mí me guarecen poco a poco del coraje del cielo. Absorto en todo, tropiezo con un huizache: ¡Cómo duelen las mordidas de esta planta! Por la brusquedad de la caída se me enterró una espina en la pantorrilla derecha. Se veía un punto negro en medio de un bulto de carne. Lo tomé entre las puntas de mis dedos y lo saqué poco a poco. Me ardió toda la pierna, pero nada de sangre. La piel se estiraba y jalaba de la ponzoña hacia el hueso, pero finalmente salió. El aguijón medía la mitad de mi dedo largo, y nada de sangre.
En cuanto me puse de pie, una voz descolorida empezó a trinar una melodía, que escuchaba tan fuera de mí que no resistí la tentación de la duda.
Sin avisar, llegó una exhalación de las nubes que me heló las uñas y apagó la voz, dejándome en silencio, con las preguntas brincándome en el pecho y la desesperación arrellanada en la garganta.
Seguí ocupado en mi ansiedad hasta llegar a donde estaba un árbol tan muerto, y con las ramas tan pobladas y enmarañadas, que pensé que era la raíz con que la tierra se agarra al mundo. Abrazaba el camino formando una bóveda triste, y uno de sus brazos, surcados con el tiempo y el hambre, sostenía un nido de pájaros mudos que le daba algo de cierto. He caminado ya tanto esta eterna senda semilla y aquí estoy otra vez, contemplando la madera yerta que murmura unos trazos angustiados: “soy mucho por ser la tierra; nada porque me soy yo”. Sin darle importancia, vuelvo a cruzar el umbral de un camino… un camino amarillo de sol y de sed.